Belleza y pobreza

Entender que menos es más y que no poseemos las cosas si no que las cosas nos poseen a nosotros, no es habitual y se tiende a lo contrario, como más se tiene, mejor. Tampoco diré que es una suerte vivir en la pobreza, porque casi siempre se acompaña de incertidumbre y sufrimiento si no es una opción consciente y escogida.

Ahora bien, en el Budismo el concepto de pobreza se considera liberador. El Buda Sakyamuni dijo: “Un hombre lastrado por sus bienes es como un barco que hace aguas, la única manera de salvarse es soltando la carga.” Él mismo abandonó su vida de lujos para explorar la pobreza. Ya he escrito sobre esto anteriormente.  Por cierto, esta actual crisis invita a seguir reflexionando sobre ello y a conocer más de cerca los límites de esta incómoda compañera.

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En la tradición zen, la austeridad, la simplicidad y la pobreza han sido marcas de la casa, y las expresiones artísticas de sus seguidores a menudo transmiten esto. Máximas zen como “Carecer de bienes es poseer el mundo” o “El hombre no posee originalmente nada” dan como resultado una estética cruda, natural y despojada, más tarde llamada wabi-sabi. Es curioso como esta oda al desconchón, a la grieta, a lo gastado y a lo viejo, que es el wabi-sabi, descubra al observador atento tanta conmovedora belleza.

monje zen

He recopilado estos días una serie de poesías zen cuyo denominador común es la pobreza material. Dos cosas he sentido al hacerlo: la primera, darme cuenta de lo increíblemente rico que soy; la segunda, ver la capacidad de estos artistas de destilar la miseria en aceptación y después en gozo.

No pude menos que asentir cuando reencontré esta poesía de Hsian-yen, un antiguo monje zen:

 

No era verdadera pobreza la del año pasado,

la verdadera pobreza es la de este año.

El año pasado no había lugar donde

introducir la barrena de mano.

Este año ha desaparecido la misma barrena.”

 

La sinceridad de Ryushu Shutaku, que vivió en el S. XII (gracias al Dojo de Sevilla)

 

“Sin dinero para comprar leña,

barro las hojas del camino de enfrente,

cada una tan valiosa como el oro.

Apiladas como magníficos brocados rojos,

las codicio con avidez para calentar mis rodillas

y llevar algo de consuelo a mi frío corazón.

Las quemaré mientras me siento en meditación

y vuelvo a escuchar la lluvia caer sobre los escalones.”

 

El entrañable Ryokan se retiró  a la soledad de una cabaña y allí vivía con gran sencillez.

 

No he tenido suerte hoy en mi ruta mendicante;

me he arrastrado de pueblo en pueblo,

y a la puesta de sol he encontrado kilómetros de montañas

                                                                       entre mi cabaña y yo .

El viento mueve mi frágil cuerpo a sacudidas,

mi pequeño cuenco se ve tan desamparado.

Con todo, este es el camino que he escogido y el que me guía

a través del desengaño y el dolor, el frío y el hambre.”

 

“En una destartalada cabaña de tres habitaciones

me he ido gastando y envejeciendo;

este es el invierno más duro que paso.

Sorbo un guiso aguado y espero que pase esta noche

                                                                          helada.

Podré aguantar hasta que llegue por fin la primavera?

Incapaz de pedir arroz,

cómo sobreviviré al frío?

Ni siquiera el zazen me ayuda ya;

no queda nada más que hacer que componer poemas

en memoria de los amigos desaparecidos.”

 

“En medio de los bambúes fue descubierto este tesoro:

lavé el bol en una fuente y lo reparé.

Después del zazen de la mañana, como en él la sopa de arroz;

en la noche, me sirve el caldo.

Agrietado, viejo y retorcido por los elementos,

pero incluso así de madera noble!

 

Bashô, el mítico hacedor de haikus peregrinó hace largo tiempo por todo Japón…

 

Choza pobre

los llantos de un perro

bajo la lluvia nocturna”

 

“Expuesto a la intemperie

y resignado cómo corta

el frío mi cuerpo”

 

“Pediría prestadas para dormir

sus ropas al espantapájaros

hielo de medianoche”

 

Issa Kobayashi también peregrinó y tuvo que soportar vicisitudes que plasmó en su poesía.

 

Crepúsculo de cerezos.

Las personas que tienen hogar

regresan aprisa”

 

“Trigo maduro.

Lleva a cuestas un niño

la vendedora de sardinas”

 

“Viento de otoño.

Me veo como si fuera

un mendigo

 

Quizás el más despiadado, Taneda Santôka, que no paró de caminar, sólo así soportaría su vida…

 

El alba

la puesta del sol

nada que comer”

 

“Precisamente en primavera,

esta sensación de vacío…

¡en el estómago que llevo a cuestas!”

 

“La luna ascendiendo

yo no tengo ni siquiera algo que esperar”

 

“No tengo dinero, no tengo cosas,

no tengo dientes…

Completamente solo”

 

“La luz de la luna

penetra hasta el fondo

de mi estómago hambriento”

 

“Una primavera fría

Para darme un céntimo

ha salido una de las mujeres del burdel”

 

“Adentrándome en el viento

Voy a que me den algo de arroz”

 

“Plenamente consciente al comer:

tengo de alimento

sólo arroz hervido

 

Así como el lujo y la riqueza entran fácilmente y llegan de manera suave e inadvertida, como un dulce opiáceo, la pobreza se presenta, tormentosa y difícil, aunque parece que provechosa para el camino espiritual. En todo caso, cada uno sólo conoce en profundidad la circunstancias vividas en propia carne.

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Por cierto, si conocéis alguna poesía adecuada a esta entrada, no lo dudéis, escribidla en los comentarios.

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