Man en la orilla

Cuando la vida diaria se hace especialmente difícil, me sorprendo deseando una existencia tranquila, en una cabaña lejana encima de una montaña, paseando entre la niebla y cuidando un huerto, como los monjes del reportaje “Amongst white clouds”. O quizá pasando una larga temporada en Antaiji, en el Japón rural, a la sombra de Sawaki. Esa extrema sencillez, una vida simple con pocas cosas y sin ningún deseo, es un ideal, quizás un mito, muy extendido entre las gentes del zen que nos hemos nutrido con las poesías de Han Shan o Ryokan, que alaban la vida natural y austera, con la única máxima de vivir el momento.

Es comprensible pues, mi fascinación por un personaje contemporáneo y geográficamente cercano, que llevó a cabo su vida de ermitaño y creador a pesar de la perplejidad de sus vecinos. Me refiero a Man o Manfred Gnädinger, un alemán que llegó a Camelle, un municipio en la Costa da Morte, en el litoral atlántico de Galicia, en el año 1962.

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El día que llegó Man a Camelle se celebraban las Fiestas Patronales y, entre el bullicio y la excepción, nadie lo advirtió. Ya no se marcharía. Al principio, “el alemán de Camelle” destacaba por su corrección en el trato, su elegancia al vestir… parecía un turista rico que cada domingo iba a misa.

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Manfred encontró el lugar que buscaba, junto al mar agreste que tantos naufragios ha provocado, pero su camino interior siguió, llevándole a instalarse en una pequeña casita en la orilla y a llevar a cabo de lleno su vocación artística y una vida de máxima sencillez. Se nutría de vegetales y frutas y de una infusión que preparaba con plantas del entorno, mientras apilonaba piedras y cantos creando unas esculturas de formas orgánicas, que le acompañaban con su presencia. Ya no usaba ropa, un taparrabos, incluso en los meses invernales, e invariablemente realizaba sus baños en el mar, a las siete de la mañana y a las siete de la tarde.

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Este no es un personaje fantástico, de cuento, fue una persona real que sus vecinos podían ver por los caminos, casi desnudo, desplazándose siempre corriendo, de un lugar a otro en busca de materiales para su obra que después cargaba encima o en una carretilla si eran pesados. Este “loco de Dios” observaba la evolución de la luna y el devenir de las mareas mientras dibujaba y esculpía con madera de deriva, huesos de cetáceos y redes viejas de pescadores, una maraña de despojos que él ordenaba y a los que daba forma y sentido.

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Cuando en noviembre de 2002 el petrolero Prestige naufragó, después de una patética lucha en el mar enfurecido, esparció su pestilente carga por todo el litoral, matando a los cangrejos, a los percebes, a los pájaros marinos y también a Man.

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Él tuvo que ver cómo la obra de toda una vida, un museo al aire libre más visitado que el Centro Gallego de Arte Contemporáneo, se manchaba de chapapote y cómo toda la vida alrededor se desvanecía. Murió de pena, de melancolía, el día de los Santos Inocentes, dos meses después del desastre, en su pequeña casita de la orilla.

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Mientras, miles de personas de todos los lugares acudían voluntariamente, llevadas por la generosidad, a limpiar aquel desastre. Estos días hace diez años.

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