Haciendo zazen (o más allá del más allá)

Hace unos días Jubany me llamó diciéndome que me traía el cuadro. Ese cuadro que se fue desarrollando lentamente en su estudio, que fue apareciendo día tras día, amanecer tras amanecer, cada vez más real.

Todo viene del día que Jubany me preguntó por aquel mueble, un gran mueble de caoba de mis tiempos del comercio de madera, un mueble rojizo, muchas veces transportado, usado para varias cosas y con diferentes dueños. Costó meter por la puerta de su casa a aquel viejo grandullón, pero ya en su lugar se mostraba digno y útil.

Como no estaba seguro del valor del mueble y hablar de dinero con un viejo amigo me daba un poco de pereza, le pedí a cambio un cuadro. ¿El tema? Pues, no sé… algo relacionado con la práctica, con zazen.

Llegó con el cuadro bajo el brazo, envuelto en papel marrón. Y allí lo colocamos, aún envuelto, mientras tomábamos un té, retrasando el momento de abrirlo a la luz de la mañana, degustando la espera. Cuando al fin lo abrí, un montón de trazos cortos, manchas amarillas, naranjas, rojas… empezaron a ordenarse apresuradamente a la derecha, mientras un espacio blanco respiraba al otro lado. Sólo al tomar un poco de perspectiva aparecieron tres cuerpos, tres barcas varadas en la arena, firmemente sujetas, ocupando el espacio que les corresponde en el mundo.

Me habló del simbolismo de las barcas en sus pinturas, me contó cómo, semejantes a personas, están destinadas a navegar zarandeadas por las mareas y los vientos y, que estas que aquí había pintado, reposan en la playa en una quietud que parece no corresponderles. En un momento de pausa.

También escribió una frase: “Más allá del más allá

Es el segundo cuadro de Jordi que tenemos en casa… no será el último.

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