La viuda de Shen Wu

Hoy llueve sobre la ciudad y un velo melancólico lo cubre todo. Huele a tierra empapada, esa fragancia orgánica y evocadora que siempre es portadora de cierta dosis de melancolía. Historias alrededor del té hay muchas. La que sigue habla sobre el culto a los antepasados, tan importante en la China confuciana.

La viuda de Shen Wu vivía con sus dos hijos en la ciudad de Yanxian. Era una adepta del té. El patio de su casa albergaba la tumba de un desconocido y, cada vez que preparaba té, no dejaba de ofrecer al difunto antes de beberlo ella. Esto desagradaba a sus hijos. “Qué va a saber la tumba, decían. Realmente, os molestáis por nada”. Se decidieron a quitar la tumba, pero, ante los razonamientos de su madre, aplazaron varias veces su acción. Una noche, la viuda tuvo un sueño: se le acercaba un hombre que decía: “Nada queda de mí excepto esta tumba que existe desde hace trescientos años. Varias veces vuestros hijos han decidido destruirla pero vuestra protección se lo ha impedido. Además, me ofrecéis siempre té que huele bien. Aunque ya no sea más que unos huesos secos, ¿qué puedo hacer para corresponder a vuestra amabilidad?”. Cuando se levantó por la mañana, la viuda encontró en el patio cien mil monedas de oro que parecían haber estado enterradas desde hacía mucho tiempo mientras que la cuerda que las rodeaba parecía nueva. Llamó a sus hijos y les avergonzó mostrándoles lo que la vieja tumba había hecho.

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