Hô, el pez dragón

Los peces abundan en los templos zen. No me refiero sólo a los koi en los estanques del jardín, también dentro compartiendo la vida con los monjes.

El mokugyo, ese instrumento de madera que marca el ritmo de algunos sutras, es un pez. Un poco evolucionado, es cierto, pero un pez al fin y al cabo, con sus escamas y otras formas talladas en espiral que recuerdan a las ondas del agua.

Hay otro pez de madera, menos común, que vive suspendido del techo en el comedor o cerca de la cocina de los templos: el , que se golpea con un mazo de mango largo para llamar a la hora de las comidas. El tiene el aspecto del pez dragón y sostiene una bola en la boca. El pez dragón es una figura mitológica cuya historia hallamos en la leyenda koi-no-takinobori que explica cómo en algún lugar bajo las aguas del Río Amarillo (otras versiones la sitúan en el fondo del océano) hay una puerta mágica que transforma en dragones a todos los peces que la atraviesan. Esta es una alegoría sobre las personas que deciden seguir la vía de Buda y, como la carpa koi, remontan el río (la vía) y se aventuran sin miedo hacia la fuente.

El pez gusta a los practicantes de zen por su fluidez y por su determinación y porque, al no tener párpados y no cerrar nunca los ojos, les anima a mantenerse despiertos durante los largos periodos de zazen.

En el templo de la Gendronniére, a la puerta del dojo pequeño, hay un colgado al que fotografié de manera despreocupada. Con el tiempo, esas fotos me servirían.

Me he dedicado muchos años a la jardinería, que es un oficio muy bonito. Un día normal de trabajo pasé por un contenedor de basura que había junto a un club deportivo. Parece que el trampolín de madera de la piscina estaba un poco deslucido y decidieron cambiarlo por uno de fibra de vidrio. Partieron el viejo trampolín en tres trozos y lo desecharon. Cuando lo vi, lo cargué en la furgoneta sin dudarlo. Tres magníficos trozos de madera tropical de unos 7cm de grueso y un total de 3 metros de largo. Una buena cantidad de material útil y valioso.

Con parte de aquel trampolín y guiado por las fotos que tomé en la Gendronniére empecé a trabajar en una réplica del ; fascinado por esos peces míticos de los que habla la leyenda, que viven bajo las umbrías vigas de los templos de Japón.

Después de muchas horas, de dejar el trabajo y retomarlo, terminé el pez-hô-trampolín.

Pero dio para más el reciclaje. Las maderas que suenan para llamar a zazen en el templo de Seikyuji en Sevilla y en el dojo Shô Mon Kai de Mataró, también formaron parte de aquel viejo trampolín suspendido sobre la piscina de un club deportivo.

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