Jugar con fuego

Desde siempre me ha gustado jugar con fuego. Me recuerdo de niño, fascinado por las hogueras, manipulando sin parar la leña, experimentando con las brasas hasta quedar con la ropa oliendo a humo y las manos tiznadas. También recuerdo cómo el fuego me iba hipnotizando lentamente con el movimiento incesante de las llamas, hasta quedarme dormido, exhausto, en el regazo de aquel calor franco y amable.

Después, de adulto, todos los años que hemos vivido en el campo he confiado en el fuego para calentar la casa. Es cierto que es necesario un gran esfuerzo para juntar leña, cortarla, moverla, pero a cambio obtienes un calor sano, potente, natural, sincero…

¡Qué duro ha sido este pasado invierno! El primero viviendo en la ciudad después de muchos años, calentándonos con el tímido calor de los radiadores.

Quizás todo este preámbulo explique por qué estoy tan contento estos días y es que, por fin, he conseguido un Ryoro. Ryoro, en japonés; Nilu, en chino; es, simplemente, un brasero destinado a calentar agua para el té a través de una tetera.

El té es básicamente agua y la calidad de esta es de suma importancia. (Trataré de esto pronto) Creo que la forma de calentarla también influye a la hora de preparar un buen té.

En cuanto llegó el Nilu lo encendí y el carbón prendió sin mucha dificultad. En este punto es necesario prestar atención, eso hace que aumente la concentración y se disfrute plenamente de todo el proceso. Usé carbón normal, del de barbacoa, posiblemente de madera de encina, y un pequeño truco para encender, me ayudé de uno de esos carbones para quemar incienso que prenden muy rápido gracias a algún componente facilitador. Una vez encendido este, puse pequeños trozos de carbón encima y los aventé un rato hasta que ardieron todos.

Existen otros tipos de carbón usados en Oriente, como el de bambú o el de hueso de aceituna, de gran poder calorífico y lenta combustión, o el carbón de madera de Longyian, que además desprende un dulce aroma. El tema del carbón merece otro capítulo o varios…

Una vez estuvo el fuego a pleno rendimiento, puse agua en una tetsubin de hierro colado y no tardé en tenerla hirviendo, un agua despierta y viva, perfecta para el té.

Siento que con el uso de este objeto, de algún modo, vuelvo a ponerme bajo la tutela de un pequeño dios del fuego que, sin duda, me brindará una fuerza y una resolución nada despreciables en estos tiempos y que calentará amablemente el agua para que pueda preparar este brebaje maravilloso que tiene el don de mantenerme despierto.

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