Kintsugi, cicatrices de oro

Desde el momento de su creación, o incluso desde antes, un objeto acumula una historia. No se puede considerar nunca un objeto acabado. Algo antiguo lo es hoy algo menos que el próximo año, algo nuevo puede dejar de serlo por un rasguño. Las cosas evolucionan desde la  nada y hacia la nada.

Al Shogun Ashikaga Yoshimasa se le rompió su cuenco de té favorito. Como era un hombre muy poderoso decidió hacer lo imposible por reparar aquel objeto y lo mandó al lugar en China donde se había fabricado, con la esperanza de que aquellos artesanos le devolviesen la vida.

Esperó y esperó hasta la mañana en que volvió el cuenco. Pero entonces el soberano sufrió la más grande de las decepciones. Se había reparado con unas grapas de metal que no alcanzaban a unir las grietas y que lo inutilizaban para su uso en la ceremonia del té, además de afearlo y privarlo de la delicadeza que tanto apreciaba en él.  

El Shogun Ashikaga era conocido por su determinación y haciendo gala de esa cualidad siguió creyendo que la reparación era posible. Esta vez mandó a artesanos japoneses que encontraran una solución, y que desarrollaran una técnica para reparar cerámica que uniese perfectamente las juntas. Así nació el Kintsugi, o reparación con barniz de oro y sus variantes, el Gintsugi, en el que se usa plata y el Urushitsugi, que emplea laca urushi.

Que esta leyenda sea cierta o no carece de importancia, lo cierto es que el Kintsugi logra, además de reparar la pieza, transmutar las heridas en la principal característica a destacar del objeto.

Llegó a tener tanta popularidad esta técnica en el S. XVI, que se dice que algún coleccionista rompía intencionadamente su cerámica para aspirar a poseer un Kintsugi.

Actualmente las antigüedades reparadas mediante esta técnica son más apreciadas que las que no se han roto nunca, es una especie de contrasentido que sólo se entiende admirando las cicatrices de oro que surcan su superficie.

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