El pecio de Vung Tau

Una mañana de invierno de 1690 una lorcha, un buque híbrido que combinaba técnicas de construcción chinas y europeas, zarpó,  cargada con decenas de miles de piezas, de un puerto cercano a Jingdezhen, un importante centro de fabricación de porcelana. La carga, que también incluía algunos objetos personales como sellos, tinteros, candados e incluso seda, destinados a abastecer a la comunidad china del puerto de Batavia (Jakarta), debía ser transbordada a un barco holandés de la Compañía de las Indias Orientales para su posterior viaje hasta Holanda. Poco después de haber zarpado y cuando se hallaba a unas 100 millas de la costa de Vietnam, un fuego devastador devoró la cubierta del barco. Qué inició el fuego es aún hoy un misterio, pero los expertos creen que pudo deberse a un descuido de la tripulación o a la caída de un rayo.

La lorcha se hundió en las frías aguas del mar del sur de la China, llevándose toda la carga consigo, y se asentó a 34 metros de profundidad, sobre un lecho arenoso y rodeada de agua cristalina.

La quilla, que acababa en ángulo, se hundió en la arena. Con el paso de los años, la parte del barco que no estaba enterrada se degradó y acabó por desintegrarse pero la porcelana, así como muchos de los otros objetos, y la mitad inferior del casco, quedaron preservadas por la carga y por los sedimentos.

El cargamento permaneció tres siglos bajo el agua. Tres siglos de silencio azul. Lejos de su líquida mortaja la dinastía Qing cayó, dando paso a una República que sería la predecesora de la República Popular que ha sobrevivido hasta nuestros días. Durante el declive del emperador Xuantong los peces nadaban entre los espectrales restos de la lorcha, ajenos a la época convulsa que se desarrollaba en la superficie, ajenos a la guerra que años más tarde enfrentaría a los hermanos de la vecina Vietnam en un sanguinario conflicto bélico…

Y entonces, una mañana de primavera de 1984, un pescador del vecino pueblo de Vung Tau echó las redes en el mar que circunda el grupo de islas Con Dao. Se inclinó sobre la borda y vio desaparecer su reflejo, tocado con el tradicional non la, mientras el aparejo se hundía en el agua. Poco sabía aquel hombre que, cuando un poco más tarde la red emergiera del mar, portaría en su interior una porcelana que llevaba casi tres siglos sin ver la luz del sol.

Poco después se podían hallar piezas de porcelana provenientes del pecio a la venta por poco dinero en los mercados locales. El gobierno de Vietnam sólo tuvo que seguirles la pista para hallarse ante la única lorcha conservada de la  historia de la navegación.

Sverker Hallstrom obtuvo la licencia para excavar el pecio después de que la Vietnam Salvage Corporation (Visal) hubiera llevado a cabo excavaciones preliminares. Flecker dirigió la excavación principal para Hallstrom en 1991.

La carga recuperada consistió en más de 48.000 piezas de cerámica, principalmente porcelana Kangxi azul y blanca de los hornos de Jingdezhen y una impresionante colección de cerámica blanca. También había muchas piezas de cerámica de provincias y una amplia variedad de artefactos no cerámicos, desde los engranajes del buque hasta posesiones personales.

Christies seleccionó 28.000 piezas de porcelana para ser subastadas en Amsterdam, de modo que, al fin y más de trescientos años después de haber iniciado su increíble viaje, la cerámica llegó a su destino: Holanda.

El retorno superó todas las expectativas y las piezas se subastaron por 7,3 millones de dólares. Una muestra plenamente representativa de cerámica y una gran cantidad de artefactos provenientes del barco se exhiben hoy en el Museo de Vung Tau, creado expresamente para tal fin. El resto de la cerámica, principalmente dañada en cierta medida, se dividió entre Hallstrom y el Gobierno vietnamita.

Yo tengo hoy en las manos una pieza de porcelana blanca que sobrevivió a ese alucinante periplo. Es un pequeño bol de líneas delicadas, ligeramente rugoso y cuya porosidad se aprecia a simple vista. Huele a arcilla aún, a fango, a tierra… Hay algunos ideogramas en azul escritos en él cuyo significado desconozco y en la parte interior se pueden ver las lágrimas del esmalte, un llanto cuyo camino se vio detenido hace más de tres siglos y que puedo reseguir con las yemas de los dedos. También hay marcas de oxidación. Unos tonos anaranjados que han penetrado el material y han quedado adheridos a él… una suerte de atardecer de porcelana…

Hundo la nariz en él y aspiro profundamente… casi puedo oler el agua, sentir su sabor mineral. Imagino las manos que lo trabajaron, el pincel que lo decoró con precisión, a la persona que lo empaquetó y lo colocó suavemente junto a miles de piezas hermanas… una persona como yo, alguien que respiró, que vivió, que amó en una tierra lejana hace más de trescientos años.

Me conmueve su fragilidad y su fuerza.

Luego vino el fuego, la destrucción del barco, el hundimiento… y el pequeño bol que se sumergió en el agua del mar y esperó pacientemente a ser rescatado, intacto, tres siglos después.

Lo tomo en mis manos y lo hago girar. Su perfección sólo se ve alterada por unos dígitos apuntados en rotulador en su base. Una especie de registro. En el fondo ni siquiera eso lo afea. Es pequeño y perfecto. Está vivo de alguna manera… y parece sonreír benévolamente ante mi estupor.

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