Una grulla en la taza de té y la cerámica de shino

Una grulla en la taza de té y la cerámica de Shino

Una grulla en la taza de té es una excelente novela del premio Nobel Yasunari Kawabata. “Senbazuru”, su título original en japonés, se publicó en 1952 y es una fiel descripción de la sensibilidad japonesa alrededor de la ceremonia del té, muy recomendable para quien quiera comprender con profundidad este arte, a menudo críptico y hermético. Reproduzco aquí una escena donde el protagonista es un mizusashi de cerámica de shino:

“Contemplando el jarrón de shino o, si se quiere, el mizusashi que había sido usado para colocar las flores, apoyó ligeramente las manos sobre la esterilla, ante esa cerámica ilustre, a fin de poder admirarla con mayor detalle, tal como se hace ritualmente con las piezas destinadas al té.

Un luminoso y delicado toque de rojo parecía flotar ligeramente sobre la fina materia blanca y mate, atrayente y cálido en sí mismo, sin ofrecer, sin embargo, un contraste desagradable con la frialdad natural y pura de la porcelana clásica. No pudo contener el gesto de avanzar su mano, como para acariciar esa superficie que halagaba su sensibilidad.

–          Adoro las auténticas obras de shino– exclamó -. Me dan la sensación de una dulzura, como la de… un sueño.

Había estado a punto de decir: “Dulce, como un ensueño y tanto como puede llegar a serlo en la mujer.”  Afortunadamente pudo contenerse a tiempo antes de pronunciar estas últimas palabras.

–          Si este jarrón le gusta, permítame que se lo ofrezca en recuerdo de mi pobre madre.

–          ¡Oh! ¡No, señorita!- protestó él, como sobresaltado.

–          Sí, sí; acéptelo, se lo ruego. A mi propia madre le hubiera complacido en extremo que se lo llevara. Y puesto que le entusiasma el shino, yo me siento complacida en poder ofrecerle una pieza que creo que no es vulgar.

–          Evidentemente, se trata de una obra de gran valor.

–          Es lo que me habían dicho otras personas entendidas. Y por eso, precisamente, decidí colocar en él las flores que usted envió.

Casi con lágrimas en los ojos y embargado por una emoción repentina e intensa, Kikuji declaró que aceptaba el regalo y lo agradeció con corteses y sentidas palabras.

–          Seguro que mi madre estaría muy contenta si pudiera…

–          Pero este jarrón en mi poder corre el riesgo de terminar en prosaico jarrón de flores. Soy incapaz de darle su verdadero y noble empleo de jarro para verter el agua en la ceremonia del té, la única función que puede poner su gran valor artístico en constante evidencia.

–          ¿Esto, qué importa? Mi madre lo utilizaba también, como ya le he dicho, para sus flores; y encuentro que ya luce bastante así.

–          Sí; pero cuando yo hablo de flores, no me refiero a las que se colocan ritualmente en la cámara del té, sino en cualquier parte. ¿No es desolador que piezas de arte de esta categoría sean sustraídas a su destino lógico y natural para dedicarlas a prosaicos oficios de orden secundario?

–          ¡Oh!. En cuanto a esto, yo también, según creo, voy a dejar de practicar el arte del té. De modo que, a fin de cuentas…

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