La monja Ryonen y el obstáculo de la belleza

En el Japón de la era Tokugawa vivió una mujer excepcional cuya historia me impresionó cuando la conocí. Se trataba de alguien que nació en una familia noble, rodeada de comodidades y de los más altos estándares estéticos y pronto en su vida empezó un camino incierto hacia el vacío. Transgredió todas las normas establecidas, muchas y muy complejas, y se encaminó con determinación fuera de su jaula de oro.

Cuando murió la hija del emperador dejó una huérfana de ocho años llamada Yoshi no Kimi, entonces la emperatriz Tofukomonin ordenó que la hija de su propia dama de compañía, llamada Fusa, entrase al servicio de la Corte como compañera de juegos de la pequeña Yoshi.

Yoshi y Fusa tenían la misma edad y permanecieron juntas durante diez años, compañeras inseparables, fueron educadas juntas en caligrafía y ceremonia del té, en literatura y protocolo.

Pero a medida de que se hacían mayores empezó a correr el rumor por todo Japón que había una dama llamada Fusa que servía a la nieta del emperador y cuya belleza era inigualable. Era una excelente poetisa, de gran fama y, se decía que si alguien escuchaba de sus labios aunque solo fuera una de sus estrofas, caería embrujado y ya nunca olvidaría a aquella mujer. Diplomáticos y nobles de todo el territorio pedían audiencia en la Corte, pero en secreto su intención era ver a Fusa, la que tenía una piel tan blanca que era casi transparente, ver a aquel ser que parecía desplazarse sin pisar el suelo.

Pero a Fusa todo aquello no le gustaba. Hacía tiempo que estaba golpeada por una duda, su extrema sensibilidad no había pasado por alto la impermanencia de las cosas, conocía lo que los budistas llaman “bodaishin.”

Aquello la llevó a estudiar cada vez con más intensidad el zen, hasta que llegó a la conclusión de que el único camino para ella era tomar refugio  en los tres tesoros y hacerse monja.

¡Cómo es posible que la más grande belleza de todo el país decida acabar con su larga cabellera y afeitarse la cabeza! ¡Cambiar los brocados de seda por hábitos negros!

Las estructuras sociales obligaron a Fusa a casarse con un hombre de su estatus y ella lo aceptó como inevitable, no sin antes hacerle prometer que aquel matrimonio tendía una duración limitada y que, tarde o temprano, después de haber dado a luz a tres hijos, abandonaría el hogar para seguir la Vía de Buda.

Y así fue. Después de unos años, habiendo cumplido con sus obligaciones, recibió su nombre de monja. Ya no sería más Fusa ahora se llamaba Ryonen, Ryonen Genso, que significa “comprender con claridad, totalidad original”. Este nombre se lo puso Richi Ni, hija del emperador y abadesa de Hokyoji, el templo del palacio imperial.

Ryonen paso allí un tiempo, vinculada aún a la Corte y cuidando de los asuntos espirituales  de las damas de alto rango. Protegida y arropada por el mismo contexto del que había querido huir desesperadamente. Tenemos, pues, a una monja taciturna y con una mirada triste cumpliendo su cometido con humildad pero interiormente decepcionada.

Entonces ocurrió algo más en la vida de nuestra protagonista, de repente le anuncian la muerte, a la edad de treinta y cinco años,  de su gran amiga y alma gemela Yoshi no Kimi, la nieta del emperador. Aquello desmoronó su estructura interna e hizo presente aquello que sabía desde muy joven, tarde o temprano todo perece, nada permanece.

Ryonen abandona definitivamente la Corte, sabiendo que si lo hacía no podría volver. Caminará  hacia Edo en busca de un maestro que le ayude a acabar con su colosal sufrimiento, transitando por lugares polvorientos y peligrosos. Pocos eran los templos donde se practicase el zen de la manera que Ryonen necesitaba, una práctica profunda y sin posibilidad de autocomplacencia, y en ninguno de ellos aceptaban a mujeres.

Cuando llegó a Edo la primera puerta a la que llamó fue la del Maestro Tetsugyu, que después de escucharla  la contempló detenidamente y dijo: –Imposible, sólo traerías problemas.

Entonces se marchó a ver al Maestro Hakuo, su última posibilidad. La leyenda describe el encuentro entre Ryonen y Hakuo como el de “dos flechas que se encuentran en pleno vuelo”. Se produjo una comunicación sin palabras, i shin den shin, un total entendimiento. Pero Hakuo era el abad de un monasterio con decenas de hombres sometidos a una dura disciplina y austeridad, y a celibato. ¿Cómo podría permitir el ingreso de la que fue la mujer más bella de Japón? Con todo el dolor de su corazón su respuesta fue no.

Nada le quedaba a Ryonen, sólo llenar sus mangas de piedras y arrojarse al mar. Pero en lugar de eso, en plena desesperación, odiando su propia belleza que le impedía seguir la Vía, cogió una plancha de hierro al rojo y desfiguró con ella su rostro.

Después de aquello escribió en la parte trasera de un pequeño espejo de plata, una de las pocas pertenencias que conservaba de su antigua vida, uno de sus más famosos poemas:

Como Dama de mi Emperatriz,

quemé incienso para perfumar

mis hermosos ropajes.

Ahora, como pobre sin hogar,

quemo mi rostro

para entrar en la vía del zen.

Las cuatro estaciones

se suceden naturalmente.

Pero en medio del cambio

yo ya no sé quién soy.

Después de semejante acto nada tuvo que objetar Hakuo, y Ryonen quedó bajo su tutela espiritual.  Si el problema real, su koan de vida, fue la belleza, lo solucionó con un gesto para siempre.

Se dice que acabo sus días como abadesa de un monasterio dedicado a su querido maestro  y que su tarea principal fue la educación de los niños de los alrededores.

La vida de Ryonen no es un buen ejemplo para conformistas y creo que, aunque desfiguró su rostro, no logró destruir su belleza, la belleza que adquiere alguien brillante y sensible que sigue a toda costa los designios de su corazón. Su poema póstumo nos relata los últimos instantes antes de desaparecer:

Sesenta y seis veces

han contemplado estos ojos

la belleza del otoño…

No pidas más.

Limítate a escuchar

el rumor de los pinos

cuando el viento está en calma.

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