La mariposa azul

Mediodía de junio.  Hace algo más de una hora que fotografío. Txus dispone algunas piezas de cerámica sobre el musgo reseco. El agua en la tetera tiene ya la temperatura adecuada, la vierte con delicadeza sobre las hojas de té y espera.

Busco nuevos encuadres, el lugar es umbrío y húmedo y el sol se filtra débilmente a través de las hojas de los avellanos, derramando su luz tamizada sobre la piedra.

Tomo la tetera de hierro aún caliente y la deposito en una hornacina natural,  junto a la caída de agua. La roca queda sobre mi cabeza y debo inclinar un poco el cuerpo para fotografiar el interior. Me mojo la camiseta. El agua está fría y el olor es orgánico y penetrante. La tetera está ligeramente sumergida y se enfría con rapidez.

Miquel me alcanza un par de piezas nuevas. Una delicada Yixing que simula estar hecha con una caña de bambú y un pequeño cuenco de arcilla. Las coloco sobre la piedra y empiezo a disparar y, de pronto, apenas un parpadeo, una mariposa azul.

Una mariposa pequeñita que danza ante mis ojos, que revolotea y se asoma al borde del cuenco como si se dispusiera a beber de él. Se acerca a mí y se posa sobre mi pierna. La observo, maravillada, y tomo otra fotografía. Alza de nuevo el vuelo y se pone de puntillas sobre los dedos ávidos de mi hijo.

Sólo una pequeña mariposa azul, un insecto humilde y frágil, como un pedazo de cielo de verano sobre la arcilla.

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